jueves, octubre 02, 2008

No estoy acostumbrado a pasar malas noches

Y eso hace que cuando se presenta una de ellas me levante con ganas de morir/matar. Acostarse a la una y despertarse a las tres, las cinco y las siete no es divertido. Y no sé por qué ha sido.

Aquellas personas que han tenido la suerte/desgracia de compartir habitación conmigo saben de una manera más o menos clara que para despertarme a mí hace falta una detonación a menos de diez centímetros de mi oreja; de otra manera no me despierto. Tengo el sueño profundo, siempre lo he tenido y estoy acostumbrado a dormir toda la noche del tirón. No me gusta despertarme en mitad de la noche, es como aterrizar en otro planeta. Me pone de mala leche. Y si encima hay que currar al día siguiente el mal genio alcanza proporciones astronómicas.

Hoy estoy en ese caso, con la añadidura de que estoy incubando un resfriado (esperemos que se quede en eso).

Pero a mí me pasa que cuando mi enfado llega a cierto límite muta en tristeza y desánimo. Ambas cosas están intimamente relacionadas en mi caso, pero la tristeza suele ganar porque la gestiono mucho mejor que el enfado. Mi tristeza es reflexiva y profunda y mi enfado es explosivo y superficial. Prefiero estar triste a enfadado. Habitualmente. Hoy preferiría estar enfadado. Necesito de esa energía, de ese motor que es estar cabreado con el mundo y empezar a jurar en arameo contra lo que sea. El enfado te hace moverte mientras que la tristeza te deja clavado en el sitio.

Hoy me siento vacío, ausente del pulso y del latir del mundo. Hoy estoy currando cuando tendría que haberme quedado en la cama, pero me he obligado a venir. No sé si ha sido una buena idea, pero ya está hecho. Hoy me he dado una ducha caliente, la primera en solitario en varios meses. Me he aficionado a la ducha fría pero no tenía ganas de pillar una pulmonía.

Tres cuartos de hora y me largo. Necesito dormir tapado hasta las orejas en una habitación que no tenga una gotera enorme.
Me queda poco tiempo en esa casa.